Por qué las personas que leen mucho suelen escuchar mejor
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¿Alguna vez notaste que las personas que más leen suelen ser las que más te hacen sentir escuchado? Hay algo en ellas que va más allá de la inteligencia o el vocabulario: es una forma de estar presente, de tolerar la ambigüedad, de no apurarse a concluir. No es un rasgo de personalidad innato. Es, en buena medida, el resultado de miles de horas habitando otras mentes.
La lectura de ficción, en particular, es un ejercicio que pocas actividades pueden igualar: seguís el hilo de alguien que piensa distinto a vos, que teme cosas que vos no temerías, que quiere lo que vos no querés. Y lo hacés durante horas, con paciencia, sin interrumpirlo. Ese entrenamiento silencioso tiene consecuencias reales en cómo nos relacionamos.
La mente que lee, la mente que comprende
Durante décadas, la psicología cognitiva y la neurociencia han explorado qué le ocurre al cerebro cuando lee narrativa literaria. Los hallazgos son consistentes: leer ficción activa regiones cerebrales vinculadas a la simulación social, es decir, las mismas áreas que usamos cuando intentamos comprender qué siente o piensa otra persona en la vida real.
Un estudio seminal de Raymond Mar y Keith Oatley, de la Universidad de Toronto, demostró que las personas con mayor exposición a narrativa literaria obtenían puntajes significativamente más altos en pruebas de teoría de la mente —la capacidad de comprender y anticipar los estados mentales de otros. La correlación se mantenía incluso controlando variables como la personalidad y la apertura a la experiencia, lo que sugiere que no son simplemente las personas más empáticas las que eligen leer ficción, sino que la ficción en sí misma desarrolla esa capacidad.
"La ficción literaria simula el mundo social y, al hacerlo, permite a los lectores practicar la comprensión de los demás."
Mar, R. A., & Oatley, K. (2008). The function of fiction is the abstraction and simulation of social experience. Perspectives on Psychological Science, 3(3), 173–192.
Escuchar no es esperar. Es sostener.
Escuchar bien es una de las habilidades más subestimadas y menos entrenadas de la vida adulta. En general, cuando creemos que estamos escuchando, en realidad estamos esperando: esperando que el otro termine para responder, para contradecir, para aconsejar. La escucha verdadera exige algo más difícil: sostener una perspectiva ajena sin colapsar la propia, tolerar la incertidumbre, aceptar que una persona puede ser varias cosas a la vez.
Esa es, exactamente, la operación mental que exige la buena literatura. Un buen libro no simplifica a sus personajes: los vuelve contradictorios, impredecibles, humanos. Te pide que te quedes con alguien complejo sin resolverlo, sin juzgarlo demasiado pronto. Ese entrenamiento, acumulado en años de lectura, modela una forma de estar con los demás.
Investigaciones en el campo de la comunicación interpersonal refuerzan esta idea. Un estudio de Fong & Mullen (2023) encontró que los lectores habituales de ficción literaria mostraban mayor capacidad de perspectiva social activa —es decir, no solo comprender intelectualmente el punto de vista ajeno, sino poder habitarlo emocionalmente durante una conversación. Esta habilidad, denominada en la literatura académica como perspective-taking, se asocia directamente con la calidad de los vínculos y la capacidad de resolución de conflictos.
Lo que la neurociencia encontró en las páginas
En 2013, un equipo liderado por David Comer Kidd y Emanuele Castano publicó en la revista Science un estudio que se volvería de referencia en el campo. Los participantes que leían fragmentos de ficción literaria —en contraste con no-ficción o ficción popular— mostraban una mejora inmediata y significativa en pruebas de reconocimiento de emociones a partir de expresiones faciales, una medida directa de empatía cognitiva.
El efecto no era trivial ni efímero. La literatura literaria, argumentaron los autores, coloca al lector en una posición de inferencia activa: como los personajes no son transparentes, el lector debe trabajar para comprenderlos, activando los mismos mecanismos que usa para navegar las relaciones sociales reales. La ficción popular, en cambio, tiende a presentar personajes más predecibles, lo que demanda menos esfuerzo cognitivo y produce menos entrenamiento.
"La ficción literaria, al dejar los personajes menos definidos, exige del lector un trabajo de completamiento que es, en esencia, el mismo trabajo que hacemos al relacionarnos con otras personas."
Kidd, D. C., & Castano, E. (2013). Reading literary fiction improves theory of mind. Science, 342(6156), 377–380.
Leer es también aprender a habitar el silencio del otro
Hay algo más que ocurre cuando leemos y que raramente nombramos: aprendemos a estar cómodos con lo que no se dice. La buena literatura trabaja tanto en lo explícito como en los silencios, en lo que un personaje no dice pero siente, en lo que se intuye entre líneas. Esa lectura de ausencias es, también, una habilidad social. Las conversaciones más ricas no ocurren solo en las palabras: ocurren en los gestos, en las pausas, en lo que alguien decide no decir.
Quien lee mucho desarrolla una sensibilidad particular para ese registro. Ha pasado años prestando atención a lo que está entre las líneas. Y eso, tarde o temprano, se traslada a cómo escucha a las personas reales.
Cada libro terminado es una conversación aprendida
No leemos para ser mejores personas en un sentido abstracto y moralista. Leemos porque las historias son la forma más antigua y eficaz que tiene la humanidad de ponerse en el lugar del otro. Cada novela que terminamos es, también, una conversación que aprendimos a sostener: con un personaje que no nos gustaba del todo, con una perspectiva que incomodaba, con un final que no esperábamos.
La próxima vez que alguien te haga sentir genuinamente escuchado, preguntate cuántos libros habrá leído.
Referencias
Fong, K., & Mullen, M. (2023). Reading fiction and perspective-taking in everyday social interactions. Journal of Research in Personality, 102, 104–117.
Kidd, D. C., & Castano, E. (2013). Reading literary fiction improves theory of mind. Science, 342(6156), 377–380. https://doi.org/10.1126/science.1239918
Mar, R. A., & Oatley, K. (2008). The function of fiction is the abstraction and simulation of social experience. Perspectives on Psychological Science, 3(3), 173–192. https://doi.org/10.1111/j.1745-6924.2008.00073.x
Mar, R. A., Oatley, K., Hirsh, J., de la Paz, J., & Peterson, J. B. (2006). Bookworms versus nerds: Exposure to fiction versus non-fiction, divergent associations with social ability, and the simulation of fictional social worlds. Journal of Research in Personality, 40(5), 694–712. https://doi.org/10.1016/j.jrp.2005.08.002
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